El sábado se cumplen 10 años desde que entró en vigencia el sistema de transporte metropolitano, Transantiago. A una década de su inicio, es urgente hacerse cargo de los errores de esta política pública, con el afán de corregir sus evidentes deficiencias actuales para mejorar su desarrollo.
Transantiago surge de la necesidad de superar el sistema de las “micros amarillas”, el cual tenía innumerables problemas estructurales: no funcionaba en red, presentaba deficiencias en la calidad tecnológica de sus buses, aumentando la contaminación; había una excesiva competencia en la calle, que elevaba los accidentes de tránsito y congestión; las condiciones laborales de los choferes eran pésimas, y un largo etcétera. El nuevo sistema prometía cambios a escala mayor. Por ejemplo, que la oferta de servicios dialogara adecuadamente con la demanda; nuevas formas de pago; modernización de los buses y operadores, y tecnología moderna que colaborara a limpiar el ambiente, siendo, a la vez, económicamente sustentable. Del mismo modo, se prometió más seguridad y accesibilidad, particularmente para los adultos mayores y discapacitados, y una real una alternativa al automóvil.
Estas promesas no se han cumplido. Por ejemplo, los traslados en transporte público de los habitantes metropolitanos disminuyeron de más del 40% a tan solo el 29,1%. Tampoco es económicamente eficiente, ya que no se logró autosustentar mediante las propias tarifas. Los niveles de evasión bordean el 28% y, si no se logran bajar al menos a un 15%, podrían colapsar el sistema. Menos aún ha logrado ser una alternativa real al automóvil: la cantidad de autos en la ciudad ha aumentado en casi un 65% en 10 años, compitiendo directamente con el transporte público.
La enseñanza que esta política pública nos deja es que la improvisación, la arrogancia y el populismo de llevar adelante una reforma mal hecha generan caos en las personas. En este caso, producto de la no implementación del sistema de administración de flotas, de la falta de buses, de la falta del conteo de personas, y de corredores adecuados, se produjo una profunda devaluación en la calidad de vida de los santiaguinos, cuestión que —a pesar de las mejoras que se han hecho y puedan llegar a hacerse al futuro— seguirá castigando por un buen tiempo a este sistema.

Claudio Arqueros

9 de febrero de 2017, La Segunda