Desde hace unos años Chile ha sido zarandeado por un discurso teñido del ideal igualitarista. Comenzó el 2011, cuando jóvenes universitarios se tomaron las calles pidiendo mejoras al sistema universitario. Sus demandas mutaron rápidamente para incluir todo tipo de exigencias políticas, desnudando su fuerte contenido ideológico. Es probable que su génesis haya sido incluso anterior: el 2009, con la toma de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su gravitación política fue enorme. Los partidos cayeron subyugados por este movimiento estudiantil, al que se comparó, rápida y livianamente, con otros internacionales de contenido y demandas muy diferentes. Su eslogan del fin del modelo inspiró libros y programas de gobierno. Atrás quedaron los entendimientos para ahora extremar, o sincerar, la reivindicación de refundar la patria desde abajo. Pero la receta no era novedosa, aunque sí noveles algunos de sus promotores. Era la misma ideología socialista aplicando el viejo dirigismo estatal que, más de una vez, ha constreñido libertades allí donde se impuso y empujado a sus habitantes a una pobreza igualitaria. La lógica de la retroexcavadora se instaló, con la pretensión de arrancar de raíz los fundamentos del modelo de desarrollo que tanto bienestar y prestigio le ha traído al país.

Los partidarios de este modelo, por otra parte, nos hemos debatido entre la fragmentación y la búsqueda de un relato común. La discusión sobre el desdibujamiento del sector ha ocupado un lugar importante en el debate público en el último tiempo y han surgido diversas propuestas que intentan esbozar un fundamento filosófico que le otorgue sentido y coherencia. Más allá de las ideas y pulsiones que a algunos obsesionan, es urgente convocar a la ciudadanía, parafraseando a Jaime Guzmán al cumplirse 26 años de su asesinato, a conquistar corazones y no sólo a ganar votos. Es decir, a una gesta que entusiasme a las personas a sumarse activamente a un proyecto. Y el único convincente que ha permitido años de bonanza, democracia y libertad para los chilenos está a la vista. En lo medular, es el mismo que enunciara Jaime Guzmán hace ya 50 años en los patios de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile, al fundar, junto a varios compañeros, el Movimiento Gremial. El más longevo de la historia universitaria chilena y el de mayor impacto y trascendencia en la sociedad y el Estado. Y también el que más inquina y animadversión ha generado entre sus adversarios.

Se trata de un proyecto fundado en el ideal de una sociedad libre, responsable y democrática, respetuosa tanto de la dignidad como de la libertad personal, que entrega al Estado un rol subsidiario que, más allá de los énfasis que cada cual otorgue a este antiguo concepto, permita que no se ahogue la libertad de las personas sino que se aliente su iniciativa en función del bien común y la justicia. Y, dado el actual estado de cosas, esto implica, en buena medida, recuperar espacio para el desarrollo de la sociedad civil y la iniciativa privada y, por ende, contener al Estado. Pues la injerencia estatal en amplias esferas de la vida cotidiana no es sana para la libertad, atrofia el crecimiento económico e impide el progreso de la sociedad.

Jorge Jaraquemada, 2 DE ABRIL DE 2017, El Mercurio