Los tiempos de debates presidenciales han profundizado el amargo gusto que genera la política actual. Más allá de los resultados de esta primaria, nos queda como lección el vacío de la mayoría de los proyectos en oferta. Si una elitizada clase política que aspira al poder, termina  imponiendo una visión, y no construyendo un proyecto comprensivo desde el actual contexto chileno, se acaba en resultados estériles y destructivos. Tal como le ocurrió a la Nueva Mayoría.

Debemos reflexionar. Dentro del escenario chileno, que es observado sólo por unos pocos, se encuentra un grupo etario potencialmente transformador y determinante: la juventud.  Siendo el grupo al cual aspiran todos los demás-desde los niños hasta los adultos mayores- este es ignorado en la discusión política y pública. El que sea invisible y poco problematizado- excepto cuando sale  a marchar- impide la proyección de un Chile que responda a su cosmovisión. Esto no implica que se deba diseñar un país a la medida de la juventud, pero sí que quienes se denominan estadistas puedan convocar a quienes configurarán el orden social de los próximos 50 años.

Desde la  Fundación Jaime Guzmán, pronto lanzaremos un estudio y libro sobre este tema. Dentro de los datos obtenidos, hemos visto a una juventud libre pero agobiada, estresada, con preocupaciones diversas. La clase política, sin observar esta realidad, ha reducido públicamente a la juventud a un instituto político particular- como el INJUV-  o a las insufribles demandas del Confech, lo que convierte a las necesidades ciertas de este grupo en un enfermedad crónica. Como un cáncer no detectado a tiempo.

El acceder a la educación superior, aspirando a un signo de distinción que permita el alcance de mayores oportunidades, pero obtener finalmente un derecho universal que iguala a la población general, produce una tensión importante. La promesa de mejorar el futuro con respecto a los padres, queda en promesa. Los esfuerzos realizados son poco fructíferos y la formación profesional abre nuevos caminos de exigencia. Sumado a esto, la tecnología, que acecha a unos cuantos kilómetros, pone también en riesgo esas capacidades educacionales adquiridas. ¿Dónde se les asegura la integración al desarrollo?

También el mercado del trabajo se encuentra desadaptado de las aspiraciones integrales de las nuevas generaciones. Quizás sus padres trabajaron sacrificando toda dimensión de la vida por el bienestar material y las oportunidades familiares, pero las heridas quedaron y muchos jóvenes quisieran no tener que repetir esa “limitada” experiencia. La retención de este grupo etario es difícil porque se ha juzgado, pero no comprendido, la nueva aspiración que se tiene del trabajo.
Por último, entre otros temas, las transformaciones que ha sufrido la familia han alterado también la proyección familiar de los jóvenes. El bienestar material se torna un objetivo crucial que debe alcanzarse antes de tener hijos. El viajar y tener experiencias culturales diversas, también. Este tema debiese analizarse con detención ¿por qué motivo los hijos se conciben con una limitante vital? ¿Qué se ha hecho para que se transformen en ello?

 Existen numerosas interrogantes que responder sobre el estado actual de la juventud. Es importante considerarlas, porque una juventud de cambio puede desestabilizar los consensos que sostienen el modo de vivir chileno. Quienes se postulan a la presidencia, debiesen analizar no sólo su base electoral y su teoría político-social, si no también cual es el imaginario cultural que sostiene su proyecto a largo plazo. El fortalecimiento de la juventud, su participación y acceso a oportunidades, es el pilar de ese proceso épico.

María Jesús Wulf, Voces La Tercera, 12 de Julio de 2017